– Milady -dijo Alexander, aclarándose la garganta.

– ¿Qué? ¡Ah! -exclamó ella, recordando lo que le había preguntado-. Tampoco sé lo que encontraremos en el bosque, sir Alexander, pero echaremos una ojeada, ¿de acuerdo?

Morwenna hizo una seña al guardia para que empujara la pesada puerta que daba al exterior y esperó a que la abriera. Mort, que había estado dormitando delante del fuego, se levantó y se desperezó. Apenas dio ella un paso hacia el patio de armas, oyó el alarido de una ráfaga de viento invernal, que semejaba un llanto amargo, agitaba la hierba, hurgaba en el interior de la capa de Morwenna y le abofeteaba en la cara. Hizo caso omiso de la ráfaga gélida, inclinó su cabeza y se dirigió hacia la cuadra por el camino trillado, con Mort pisándole los talones. La hierba estaba amarillenta y pisoteada, crujiente por la helada y con charcos a lo largo del sendero, donde flotaban aún restos de hielo.

Dos muchachos, con las narices rojas y gorros de lana calados hasta las orejas, transportaban leña hacia el gran salón mientras otros acarreaban cubos de agua. Una muchacha, que hacía años había dejado de ser una adolescente, lanzaba grano a las gallinas, que cloqueaban y se daban picotazos entre sí. Las plumas se dispersaban a medida que las gallinas se apartaban con premura del camino. El olor a humo, fermento de cerveza, estiércol de animales y grasa derretida impregnaba el aire frío. En los corrales, los cerdos gruñían ruidosamente y las cabras balaban mientras las ordeñaban.

El castillo estaba en pleno funcionamiento, todos se ocupaban con afán de sus tareas. La perturbación momentánea causada por la aparición del herido, por lo visto, se había esfumado. Levantó la mirada hacia el adarve y vio a los centinelas en sus puestos, como siempre. Los comerciantes y los campesinos azotaban a las bestias, que empujaban carros enormes, a través de los surcos profundos del camino principal que conducía a la torre.



28 из 331