
Morwenna se introdujo por un camino que llevaba hasta la cabaña de las taberneras, donde las mujeres hablaban en voz alta y discutían acerca del descubrimiento del hombre.
– Le han golpeado con tanta ferocidad que ni siquiera su propia madre le reconocería -susurró Anne, una verdadera chismosa.
– Sin duda, es un ladrón que merecía este destino -respondió otra.
– O algún marido lo pescó levantando las faldas de su esposa -les confió Anne.
Las mujeres prorrumpieron en risas y Alexander exhaló un suspiro en señal de disgusto.
– Mujeres -refunfuñó el capitán de la guardia.
Morwenna apretó el paso y se alejaron de las arpías charlatanas.
Llegaron a la cabaña del armero. El sonido metálico de un martillo moldeando una cota de malla se distinguió sobre el desagradable graznido de un ganso que perseguía a un gallito, que impidió el paso a Morwenna.
Al rebasar la última puerta, Morwenna observó el cielo. Las nubes eran espesas, de un gris siniestro, y prometían descargar más lluvia.
– No sé lo que esperáis encontrar hoy -dijo Alexander bruscamente. Llegaron a la cuadra y Mort dio con su poste favorito, donde levantó la pata.
– Yo tampoco, pero tal vez mi curiosidad quede satisfecha.
Él le lanzó una mirada repleta de dudas, mientras ella se adentraba en el interior. La invadió el olor a heno, caballos, cuero y estiércol, y el viento dejó de mecerle el cabello. Morwenna anduvo, sin riesgo a equivocarse, hacia la casilla donde la pequeña yegua española, su favorita, ya estaba ensillada y la esperaba.
Alabastro, de ojos oscuros y brillantes, relinchó con fuerza y sacudió su cabeza blanca, haciendo tintinear la brida.
– Está preparada para cabalgar -dijo John, el encargado de la cuadra. Se agachó y acarició la cabeza de Mort-. Hay algo en el aire esta mañana que hace que todos los caballos se sientan molestos. -Tras incorporarse, frunció el ceño y se frotó la nuca-. Hay algo que no les gusta.
