
– ¿Como qué?
Él la miró mientras alcanzaba las riendas de la brida de Alabastro y meneó la cabeza.
– No sé lo que es, pero yo también lo percibo.
Acarició el cuello de Alabastro.
Un escalofrío de miedo recorrió la columna de Morwenna. John parecía un hombre robusto, un alma sensible, en absoluto se parecía a las taberneras que cacareaban o al sacerdote inquietantemente tranquilo.
– No es más que el frío y el invierno, John -dijo ella suavemente, aunque sintió que no la creía y, en verdad, ella también se sentía desconcertada.
Desde que tuvo ese maldito sueño donde se le aparecía Carrick.
¿Un sueño?
¿O un augurio?
Desterró esos pensamientos caprichosos mientras John conducía su caballo afuera. Alabastro, siempre impaciente, la nariz al viento, la cola empenachada, se sumergió en la fresca mañana y comenzó a tirar de las riendas.
– Tranquila, allí -le indicó el hombre corpulento, al tiempo que alisaba el pelaje de la crin del caballo.
La yegua, tan blanca como un fantasma, de patas y hocico grises, pertenecía a Morwenna desde hacía cuatro años.
– Tened cuidado, milady -advirtió John-. Esta mañana la tierra está resbaladiza, hay placas de hielo. Prestad atención.
– Descuida, John, así lo haré -dijo y, enarcando sus espesas cejas rubias con un signo de escepticismo, añadió-: Prometido.
– Oh, no tengo ninguna duda -dijo él rápidamente, aunque se sonrojó y su protuberante nariz resaltó más todavía mientras Morwenna subía a la grupa de la yegua.
Un sonido de pasos resonó en el camino y Bryanna, con la cara agrietada por el viento y los rizos oscuros ondeando tras de sí, llegó a todo correr por la esquina.
– Espérame -dijo ella, jadeando-. Voy contigo. John, necesito un caballo.
Morwenna ahogó un gemido y el encargado de la cuadra levantó la vista hacia Morwenna. Ella asintió con la cabeza y el capataz hizo señas a un muchacho que limpiaba la cuadra.
