– Kyrth, ensilla a Mercurio para la dama. ¿Me has oído, chaval?

El muchacho echó al suelo su pala y, limpiándose las palmas de las manos en la parte trasera de los bombachos, hizo un gesto rápido de asentimiento.

– Sí. En un momento estará listo.

Se agachó sorteando el techo bajo y desapareció en el establo.

Alexander montaba su propio corcel, un semental de color rojo sangre que hacía cabriolas, tan cerca de la Alabastro, que ésta giró su cabeza blanca y trató de propinar un pellizco en el flanco al caballo más grande.

– Ten cuidado, muchacha -advirtió Morwenna-. No querrás meterte con alguien más fuerte, justo ahora.

Pero mientras hablaba al caballo, una imagen penetró en su cabeza: ella blandía una espada y corría tras Carrick. Él era mucho más fuerte que ella, medía casi dos metros y tenía una presencia imponente. Aunque ella era rápida y certera con la espada, él la había desarmado con facilidad, dejándola sin aliento, y le apuntaba con el arma al corazón. Estaban en el patio de un castillo, los dos a solas, envueltos de la fragancia dulce de madreselva y rosas que flotaba en el aire vespertino. La espalda de Morwenna había quedado al lado de un muro.

– Habéis perdido, milady -le había dicho Carrick con los ojos destellantes en el crepúsculo que se avecinaba.

– Por esta vez.

Morwenna se sacudió el pelo de la cara y encontró su mirada, mientras la espada permanecía contra ella. Jadeaba con fuerza y transpiraba a causa del esfuerzo, el corazón le palpitaba con intensidad. Carrick también estaba ruborizado, el brillo del sudor le cubría la frente.

– Siempre.

– Vos mismo os cubrís de halagos.

Su risa había sido lenta y sensual.

– Tal vez lo haga porque nadie lo hace.

– Y ahora pedís un cumplido.

Su sonrisa burlona era casi diabólica.



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