
– Soy yo.
Una voz varonil y grave, una voz que ella reconocía muy bien, susurraba desde las esquinas oscuras de esos aposentos, que parecían no tener fin. La piel se le erizó. Al recoger la ropa de cama con una mano para cubrirse el pecho, se dio cuenta de que estaba desnuda. Con la otra mano buscó sobre la cama y los dedos se afanaron por encontrar su daga pero, al igual que la ropa, había desaparecido.
– ¿Quién eres? -preguntó ella.
– ¿No lo sabes?
¿Acaso le estaba tomando el pelo?
– No. ¿Quién eres?
Una risita grave y profunda estalló en la penumbra.
¡Oh, Dios mío!
– ¿Carrick? -susurró ella.
Y cuando apareció, visible ahora que hubo avanzado hacia la luz, un guerrero alto de espaldas anchas, ojos hundidos y barbilla cincelada. No podía confiar en él. No, otra vez no. Y la emoción le corrió por las venas y un torrente de imágenes eróticas le invadió la cabeza.
Él avanzó hasta situarse muy cerca de la cama, y el corazón de ella le golpeó en el pecho con más fuerza, la boca se le secó por completo. No podía evitar recordar el tacto de sus vigorosos músculos bajo las yemas de los dedos, el olor masculino que siempre la excitaba.
– ¿Qué haces aquí? ¿Cómo has entrado? -le preguntó, aunque se dio cuenta de que no sabía dónde estaba.
– He venido a por ti -dijo.
Ella se estremeció.
– No te creo.
– Nunca me has creído.
Ahora él estaba muy próximo a la cama y se inclinó aún más cerca. El corazón le palpitaba con fuerza cuando él, lentamente, se sacó la túnica por la cabeza, y con el brillo del fuego pudo captar el movimiento de sus músculos fornidos.
– ¿Te acuerdas?
Oh, sí… Sí, ella se acordaba.
Y se maldijo por ello.
– Debes irte -le dijo Morwenna.
– ¿Adónde?
– A cualquier sitio que no sea éste -se obligó a decirle.
