La sonrisa del guerrero lanzó destellos blancos. Lo sabía. Ay, ese hombre era un demonio. Isa tenía razón. Morwenna nunca debió haberle permitido acercarse a ella, dejarle entrar en esa habitación desprovista de techo…

«Pero no lo hiciste. No sabes ni siquiera dónde estás. Tal vez seas su prisionera y ésta sea tu celda. ¿Es posible que te retenga aquí para que seas su esclava, para que le cuides, te acuestes con él y acates todas sus órdenes?»

– Si no quieres marcharte, entonces lo haré yo -dijo Morwenna.

Dejó de mirarle y buscó su ropa en el suelo y en el colgador cerca de la puerta.

– ¿Eso harás? -se burló él.

Se acomodó en la cama cada vez más cerca y jugueteó con un dedo alrededor de la boca de ella. Sintió un cosquilleo de placer en la piel. Una oleada de lujuria le recorrió la sangre.

– Creo que no lo harás.

– Bastardo.

Se rió de ella, deslizó el dedo todavía más abajo y apartó a un lado la ropa de cama, dejando al descubierto su pecho, mirando cómo el pezón respondía a su escrutinio. Aunque Morwenna sabía que estaba cometiendo un error irreparable, volvió la cara hacia la de él, sintió el calor de su aliento sobre la piel, entendió que nunca sería capaz de oponerle resistencia. Un calor sofocante invadió sus zonas más íntimas y suspiró mientras él se abría camino poco a poco y deslizaba los dedos encallecidos con lentitud por su carne trémula.

Él inclinó la cabeza y depositó un beso sobre el vientre desnudo de ella…

Ella gimió, el calor se apoderó de su cuerpo. Entonces sintió que no estaban solos, que unos ojos ocultos observaban todos y cada uno de sus movimientos. Alguien o algo con malas intenciones.

Pero ¿desde dónde? ¿En el techo vacío por donde ella veía las estrellas que destellaban a través del cielo…? ¿O era más cerca, en la misma habitación donde estaban?

– ¡Morwenna!

Alguien la estaba llamando, pero nadie la importunaría cuando el hombre a quien ella había amado con todo su corazón había vuelto.



5 из 331