– ¡Morwenna!


– ¡Morwenna!

Abrió los ojos.

El sueño se evaporó como un fantasma ahuyentado por la luz de la mañana.

El perro, que estaba a sus pies, resopló malhumorado.

– ¡Dios mío!

Se incorporó en la cama y se apartó el cabello de los ojos. Había sido un sueño. Simplemente un maldito sueño, de nuevo. ¿Cuándo iba a aprender de una vez por todas?

No había nadie en su habitación, ningún guerrero misterioso dispuesto a seducirla, ningún antiguo amante de regreso. Estaba sola. Y, con todo… sintió que pasaba algo, como un soplo de viento en un sepulcro sellado. Sintió un hormigueo por la piel al acurrucarse entre las sábanas.

– ¡Qué imbécil! -dijo entre dientes, obligándose a respirar normal.

Estaba en sus aposentos del castillo de Calon, en su habitación, en su torre, la que su hermano Kelan le había confiado. Miró alrededor de la amplia cámara, cuyas paredes estaban encaladas y cubiertas de tapices con escenas vibrantes. El techo, que se elevaba por encima de las vigas transversales, estaba intacto, la lumbre en la chimenea quemaba los rescoldos, los postigos de las ventanas dejaban penetrar tan sólo un rastro gris que anunciaba la llegada del amanecer. Todo estaba en su lugar. Incluso el perro, un perro sin pedigrí que heredó cuando su hermano le asignó Calon, dormía profundamente. Sus ronquidos alborotaban el pelo de la manta de conejo, extendida de cualquier manera a los pies de la cama. Había permitido que la molestaran las viejas habladurías que circulaban sobre la existencia de fantasmas en la torre. Eso era todo.

– ¡Lady Morwenna! -La voz desesperada de Isa retumbó en el vestíbulo.

Morwenna se sobresaltó. El perro, de repente despierto y en estado de alerta, brincó desde la cama y ladró como un desaforado, como si estuviera sonando una alarma.

– ¡Cállate, Mort! -le ordenó Morwenna.



6 из 331