El animal agachó la cabeza y gruñó en voz baja en señal de desobediencia.

Un golpe ensordecedor estalló contra la puerta.

– ¿Milady?

– ¡Ya voy! -gritó Morwenna, irritada por la urgencia en la voz de Isa.

La anciana mujer siempre estaba preocupada por el futuro, sus ojos octogenarios vislumbraban el peligro y la oscuridad en cada esquina. Morwenna se puso a toda prisa la túnica y corrió hacia la puerta hasta que los golpes se reanudaron contra los delgados paneles de roble.

– ¿Qué pasa? -preguntó.

Descorrió el pestillo de la puerta, la abrió y encontró a Isa, con la cara pálida y los labios fruncidos. Junto a ella, en el vestíbulo oscuro, estaba uno de los cazadores a su servicio. Jason, un hombre alto y desgarbado, con la piel ajada y dentadura a juego, dando vueltas al sombrero que tenía entre las manos.

– ¿Qué ocurre?

– Han encontrado a un hombre en las puertas del castillo -dijo Isa, con la voz entrecortada. Los mechones del pelo, que una vez fueran rojizos, podían entreverse por debajo de su hábito y los ojos de color azul claro parpadeaban con nerviosismo-. Tiene las horas contadas, le han golpeado casi hasta la muerte. -Frunció el ceño y los labios se le tensaron-. El ataque ha sido tan salvaje que nadie… -respiró profundamente-… ni siquiera su padre podría reconocerle. -Isa sacudió la cabeza y la capucha del hábito se le deslizó hasta los hombros-. Dudo que viva un día más para contarlo. Decídselo, Jason.

– Es cierto -admitió el cazador-. Lo encontré cuando perseguía un ciervo antes del amanecer. Pasé por encima de un tronco podrido y ahí estaba, sucio y cubierto de hojas, apenas respiraba.

– ¿Dónde está ahora?

– En la torre de entrada. Sir Alexander cree que puede tratarse de un espía.

– Un espía moribundo -puntualizó Morwenna.

Isa asintió con la cabeza y la miró como si quisiera decir algo más, pero finalmente se mordió la lengua.



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