
– ¿Le ha visto el médico?
– No, milady, todavía no -dijo Isa.
– ¿Por qué no? -preguntó Morwenna-. Nygyll debe examinar a se hombre de inmediato.
Isa no respondió. La animadversión que sentía por el médico era fuerte.
Morwenna hizo caso omiso de tales sentimientos.
– Lleven al herido a la torre, donde esté caliente. Tal vez pueda salvarse.
– Es poco probable.
– Pero lo intentaremos. -Morwenna recorrió con la mirada el pasillo y se detuvo ante la puerta de un cuarto vacío-. Que lo lleven a los aposentos de Tadd.
– No, milady -replicó Isa apresuradamente-. Eso no sería prudente… a tan poca distancia de vos.
– ¿No dijiste que estaba en las últimas?
– Sí, pero no podéis fiaros.
– ¿Acaso tú también crees que es un espía?
Isa asintió con la cabeza, el rostro se le arrugaba más de lo habitual cuando cavilaba. Miró a Morwenna mientras daba vueltas al dobladillo de la manga con los dedos nudosos y luego apartó la mirada rápidamente.
A Morwenna, el vello de la nuca se le puso de punta.
– Hay algo que no me cuentas -le dijo, recordando que se había sentido observada durante el sueño-. ¿Qué es, Isa?
– Algo se está tramando, lo presiento pero todavía no puedo precisarlo. -De repente, la anciana mujer cogió a Morwenna por el brazo y al instante los ojos se le tornaron oscuros como boca de lobo, las pupilas se le dilataron como si acabara de experimentar una de sus premoniciones-. Por favor, milady -susurró ella-, temo por vuestra seguridad. No debéis correr ese riesgo.
Morwenna quiso discutir pero no pudo. Demasiadas veces en el pasado las premoniciones de Isa se habían demostrado como ciertas. ¿Acaso no auguraba que la esposa del alfarero tendría trillizos y que moriría durante el alumbramiento del tercero? ¿No había advertido del ataque relámpago a la muralla de Penbrooke y de que, al cabo de quince días, una flecha, que por poco no alcanzó a su hermano Tadd, acertaría al árbol situado en el centro de la muralla se partiría y quedaría reducido a cenizas? Luego aconteció la muerte misteriosa de la esposa de un comerciante.
