soltó el puño ceñido,de sostener las mansiones, cansada.Y se fueron los hijosde la Empurpurada.Quedóse durmiendo y vacíala Madre Granada…Iban como las hormigas,estirándose en ovillos,iguales, iguales, iguales,río escarlata de monaguillos.A la Catedral solemne llegaron,y abriendo la gran puerta herrada,entraron como langostinoslos hijos de Madre Granada.En la Catedral eran tantas navescomo cámaras en las granadas,y los monaguillos iban y veníanen olas y olas encontradas…Un cardenal rojo decía el oficiocon la espalda vuelta de los armadillos.A una voz se inclinaba o se alzabael millón de monaguillos.Los miraban los rojos vitrales,desde lo alto, con viva mirada,como treinta faisanes de rojapechuga asombrada.Las campanas se echaron a vuelo;despertaron todo el vallecillo.Sonaban en rojo y granate,como cuando se quema el castillo.Al escándalo de los broncesfueron saliendo en desbandaday en avenida bajaron la puertaque parecía ensangrentada.La ciudad se levanta tardey la pobre no sabe nada.Van los hijos dejando las calles;entran al campo a risotadas…Llegan a su tronco, suben en silencio,entran al estuche de Madre Granada,y tan callados se quedan en ellacomo la piedra de la Kaaba.Madre Granada despertóse llenade su millón rojo y sencillo;se balanceó por estar segura;pulsó su pesado bolsillo.