En la mesa del comedor, Anna Maria encontró un papel con una de las notas curiosamente redactadas por Luba y, al lado, el inconfundible aviso de color beige para recoger una carta certificada. «Para usted», decía la nota. Estudió el aviso: lo habían dejado seis días antes. No tenía ni idea de quién podía haberle enviado una carta certificada: la dirección en la que constaba el mittente era ilegible. Su primer pensamiento fue un vago temor de que alguna institución oficial hubiera descubierto una irregularidad y le informara de que era objeto de investigación por haber hecho o dejado de hacer una cosa u otra.

El segundo aviso llegó dos días después de aquél. Su ausencia significaba que la signora Altavilla, que con los años se había convertido en la encargada de su correo y de las entregas de paquetes, había firmado la recogida de la carta y se la había llevado arriba. La curiosidad la venció. Dejó el aviso en la mesa y se fue a su estudio. De memoria, marcó el número de la signora Altavilla. Mejor molestarla de aquella manera que mantener hasta la mañana la inquietud por la carta que, se dijo a sí misma, acabaría resultando algo irrelevante.

El teléfono sonó cuatro veces sin que nadie lo cogiera. Se apartó y abrió la ventana, se asomó y oyó el timbre abajo. ¿Dónde podría estar a aquellas horas? ¿Una película? Ocasionalmente salía con amistades o iba a cuidar a sus nietos, aunque a veces el mayor pasaba la noche con ella.

Anna Maria colgó el teléfono y regresó a la sala de estar. A lo largo de los años, y aunque separadas en edad por casi dos generaciones, ella y la mujer del piso de abajo habían llegado a ser buenas vecinas. Quizá no buenas amigas; nunca habían comido juntas, pero de vez en cuando se encontraban en la calle y tomaban un café, y habían mantenido muchas conversaciones en la escalera.



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