
Cogió las llaves, que guardaba en el segundo cajón de la cocina, y manteniendo su propia puerta abierta y sujeta con su bolso, encendió la luz y bajó las escaleras.
Aunque estaba segura de que no había nadie en la casa, Anna Maria tocó el timbre. ¿Por una especie de tabú? ¿Por respeto a la intimidad? Al no haber respuesta, introdujo la llave en la cerradura pero, como a menudo sucedía con aquella puerta, no giraba con facilidad. Probó de nuevo, atrayendo la puerta hacia sí a la vez que hacía girar la llave. La presión de su mano desplazó la manilla hacia abajo, y cuando imprimió el brusco movimiento de tirar y empujar, la recalcitrante puerta resultó que no estaba cerrada con llave, y por tanto se abrió sin resistencia, impulsándola a ella a dar un paso adelante y a entrar en el piso.
Su primer pensamiento fue tratar de recordar la edad de Costanza: ¿por qué había olvidado cerrar con llave? ¿Por qué nunca había cambiado aquella puerta e instalado una porta blindata, que se bloqueara automáticamente al cerrarla? «Costanza?», la llamó. «Ci sei?» Permaneció quieta y escuchó, pero no hubo respuesta. Sin pensarlo, Anna Maria se acercó a la mesa situada frente a la puerta principal, atraída por el montoncito de cartas, no más de cuatro o cinco, y el Espresso de la semana. Al leer el título de la revista, le llamó la atención que la luz del vestíbulo estuviera encendida y que viniera más luz del pasillo, la cual salía de la sala de estar, cuya puerta estaba medio abierta. Y también que el dormitorio más cerca de donde estaba ella tuviera la puerta abierta.
