
– Querrás decir un…
Tenía la boca seca. Pensamientos inconexos me pasaban por la cabeza. Tal vez quiere decir que he de ir a visitar a un internista. O a un homeópata. Un masoterapeuta. También a un ayurvédico.
Ah, de acuerdo, si tengo que ir a un internista, masoterapeuta, ayurvédico, homeópata y a tomar por el culo, no hay problema, voy. Yo no me privo de mis tratamientos.
Yo no tengo miedo, porque… ¿UN PSIQUIATRA? ¿Has dicho un psiquiatra?
Tenía ganas de llorar. Me había vuelto loco, ahora hasta lo decía un médico. La profecía se estaba cumpliendo.
Le dije que de acuerdo, que por ahora podía darme un maldito somnífero, y luego ya pensaría qué hacer. Que sí, de acuerdo, no tenía intención alguna de infravalorar el problema, nos vemos, no, no, no es necesario que me recomiendes a uno -boca muy seca- a uno de ésos. Te llamo y me lo dices.
Me alejé de allí, evitando tomar el ascensor.
4
Mi médico había aceptado recetarme algo para dormir y con aquellas píldoras pareció que la situación mejoraba un poco.
El humor era siempre gris ratón, pero como mínimo no me arrastraba destruido por el insomnio, como un espectro.
En cualquier caso, mi productividad en el trabajo y mi fiabilidad profesional estaban peligrosamente por debajo del nivel de alerta. Había varias personas cuya libertad dependía de mi trabajo y de mi concentración. Supongo que habrían encontrado interesante descubrir que pasaba las tardes hojeando distraídamente sus expedientes, que no me importaban un pito ni ellos ni el contenido de aquellos expedientes, que el resultado de los procesos dependía básicamente del azar y que, en definitiva, su destino estaba en manos de un irresponsable psíquicamente perturbado.
