Cuando estaba obligado a despachar con alguien, la situación era surrealista.

Los clientes hablaban, yo no oía ni una sola palabra, pero asentía. Ellos seguían hablando, tranquilizados. Al final les estrechaba la mano con una sonrisa de comprensión.

Parecían apreciar que el abogado les hubiera dejado desahogarse así, sin interrumpirles, y que, evidentemente, hubiera comprendido sus problemas y sus exigencias.

Era una buena persona, fue el comentario que le hizo a mi secretaria una jubilada que quería querellarse contra el vecino porque le ponía notas obscenas en el buzón. No parecía ni siquiera un abogado, dijo. Era verdad.

Ellos estaban contentos y yo, en el mejor de los casos, sólo tenía una vaga idea del problema. Juntos nos dirigíamos hacia la catástrofe.

Fue en esta fase -después de haber conseguido dormir durante alguna noche- cuando ocurrió algo nuevo. Me empezaron a dar ataques de llanto. Al principio me ocurría en casa, por la noche, recién llegado, o por la mañana cuando me despertaba. Luego, fuera de casa. Caminaba por la calle, mis pensamientos se alejaban sin control y rompía a llorar. Conseguía controlar la situación, a pesar de todo, tanto en casa como en especial por la calle, pero cada vez me resultaba un poco más difícil. Me concentraba en mis zapatos o en las matrículas de los coches y principalmente evitaba mirar a la cara a los transeúntes, quienes -estaba convencido del todo- se habrían dado cuenta de lo que me estaba ocurriendo.

Al final me pasó en mi despacho. Era una tarde y hablaba de algo con mi secretaria cuando noté cómo llegaban las lágrimas y una sensación dolorosa en la garganta.

Empecé a contemplar obtusamente una pequeña mancha de humedad de la pared y al mismo tiempo respondía con movimientos de cabeza, atemorizado por si María Teresa descubría lo que estaba ocurriendo.

Efectivamente, lo comprendió muy bien, de repente se acordó de que tenía que hacer unas fotocopias y con mucho garbo salió de la habitación.



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