
Pasaron apenas unos segundos y empecé a llorar y no me detuve tan fácilmente.
Pensé que no valía la pena esperar a que el fenómeno se repitiera, por ejemplo, durante un juicio.
Al día siguiente llamé a mi médico y le pedí el nombre de aquel especialista.
5
El psiquiatra era alto, macizo, imponente, con la barba y las manos como palas. Me lo imaginé mientras inmovilizaba a tortazos a un loco furioso y le ponía la camisa de fuerza.
Fue bastante amable, teniendo en cuenta la barba y la mole. Me lo hizo contar todo y asentía. Esto me pareció tranquilizador. Después pensé que también yo asentía cuando hablaban los clientes y me sentí menos tranquilo.
Y dijo que sufría de una forma especial de trastorno de adaptación. La separación había funcionado en mi psique como una bomba de relojería y llegado a un determinado punto se había producido un efecto de ruptura. O mejor, una serie de rupturas en cadena. No había obrado bien descuidando el problema durante tantos meses. Se había producido una degeneración del trastorno de adaptación, que corría el riesgo de transformarse en una depresión de gravedad media. Estas situaciones no debían ser subestimadas. No tenía que preocuparme, sin embargo, porque el hecho de haber acudido al psiquiatra constituía un signo positivo de autoconciencia y una premisa para la curación. Ciertamente era necesario un tratamiento farmacológico, pero en definitiva, en el plazo de algunos meses, decididamente la situación habría mejorado.
Pausa y mirada intensa. Debía de formar parte de la terapia.
Luego se puso a escribir, rellenando una página del recetario con nombres de ansiolíticos y antidepresivos.
Tenía que tomar aquellos potingues durante dos meses. Tenía que intentar distraerme. Tenía que evitar estar reflexionando sobre mí mismo. Tenía que intentar captar los aspectos positivos de las cosas evitando pensar que mi situación no tenía salida alguna.
