Tenía que darle trescientas mil liras, de recibo ni hablar y nos vemos dentro de dos meses para el control.

Al saludarme, en la puerta, me desaconsejó que leyera los folletos explicativos de los medicamentos. Era un verdadero conocedor de la psique humana.

Busqué una farmacia alejada del centro, para no encontrarme con nadie. Quería evitar que delante de cualquiera de mis clientes, o de cualquier colega mío, el farmacéutico le gritara al dependiente en la trastienda frases del tipo: «Mira en el armario de los psicofármacos si tenemos el valium psiquiátrico extrafuerte para este señor».

Tras haber dado algunas vueltas en coche escogí una farmacia del barrio Japigia, en la periferia de la ciudad. La farmacéutica era una chica huesuda, de aspecto poco sociable, y le di la receta sin mirarla a la cara. Me sentía tan a gusto como un seminarista en un sex-shop.

La farmacéutica huesuda estaba preparando la cuenta cuando interpreté el papel que había preparado: «Como ya estoy aquí, cogeré una cosa para mí. ¿Tiene vitamina C efervescente?»

Me miró un segundo, sin decir nada. Conocía el guión. Luego me dio la vitamina C, junto con todo lo otro. Pagué y me largué como un ladrón.

Al llegar a casa, desempaqueté, abrí las cajas y leí los folletos explicativos de los medicamentos. Todos eran interesantes, pero mi atención fue atraída de manera hipnótica por los efectos colaterales del antidepresivo: el compuesto a base de Trankimazin.

La descripción empezaba con simples vértigos para pasar rápidamente a sequedad bucal, visión confusa, estipticidad, retención urinaria, temblores y alteración de la libido.

Pensé que de la alteración de la libido ya me había ocupado yo solo y seguí leyendo. Así descubrí que un número reducido de hombres que toman Trankimazin desarrolla erecciones prolongadas y dolorosas, es decir, lo que se llama priapismo.



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