
Rasputín para luego acabar en urgencias. Allí habría encontrado esperándome al doctor Carrassi.
El doctor Carrassi, ayudante del jefe de urgencias, había dejado morir de peritonitis a una chica de veintiún años, diciendo que eran dolores menstruales.
Su abogado -yo- había logrado su absolución sin hacerle perder ni un solo día de trabajo, ni una lira de sueldo. No había sido un juicio difícil. La fiscal era una idiota y el abogado de la acusación particular un analfabeto terminal.
Carrassi, cuando fue absuelto, me abrazó. Tenía el aliento pesado, estaba acalorado y pensaba que se había hecho justicia.
Al salir de la sala evité la mirada de los padres de la chica.
El barbudo se fue y yo, ahogando la náusea, preparé el recurso contra la confiscación de su valioso restaurante móvil.
Luego fui a casa.
El viernes por la tarde normalmente íbamos al cine y luego a cenar, siempre con el mismo grupo de amigos.
Nunca participaba en la elección del cine y del restaurante. Hacía lo que decidían Sara y los demás y pasaba la velada aletargado, esperando que terminara. Era distinto sólo cuando la película en cuestión me interesaba de verdad, pero eso era cada vez menos frecuente.
Aquel viernes, al volver a casa, Sara ya estaba lista para salir. Dije que necesitaba por lo menos un cuarto de hora, el tiempo para ducharme y cambiarme.
Ah, ella salía con sus amigos. ¿Qué amigos? Los del curso de fotografía. Me lo podía haber dicho antes, y yo me habría organizado. Ya me lo había dicho ayer y no podía hacer nada si yo no la escuchaba cuando hablaba. Bueno, de acuerdo, no hacía falta enfadarse, intentaría hacer algo por mi cuenta si me daba tiempo. No, no tenía intención alguna de que se sintiera culpable, sólo quería decir exactamente lo que había dicho. De acuerdo, era mejor zanjar la discusión.
Ella salió y yo me quedé en casa. Pensé en llamar a los amigos de siempre y salir con ellos. Después me pareció absurdamente difícil explicar por qué no venía Sara, y adónde había ido, y pensé que me mirarían como a un bicho raro y, finalmente, lo dejé correr.
