– Debemos mantener limpias las líneas.

Asentí.

– Cuando me metí en aquella zanja percibí un olor extraño.

Se volvió para mostrar una zona boscosa que bordeaba la finca y se interrumpió, fija la mirada en dirección a los árboles con el brazo extendido y el índice perforando el aire.

– ¿Extraño? -repetí yo.

Se volvió hacia mí.

– Bien, no era eso exactamente.

Hizo una pausa y se mordió el labio inferior como si buscara la expresión adecuada en su léxico personal.

– A muerto -dijo-. ¿Sabe a qué me refiero?

Aguardé a que prosiguiera.

– Ya sabe, como cuando un animal se arrastra por algún lugar y muere.

Acompañó sus palabras con un leve encogimiento de hombros y me miró en busca de confirmación. Asentí. Estoy muy identificada con el olor de la muerte.

– Eso pensé: que se trataba de un perro o tal vez de un mapache muerto. De modo que comencé a revolver entre la maleza con mi rastrillo en el lugar donde el olor parecía más intenso y, como esperaba, encontré un montón de huesos.

Nuevo encogimiento de hombros.

– Hum…

Comenzaba a sentirme incómoda: los enterramientos antiguos no huelen.

– De modo que llamé a Gil… -Señaló a su compañero, que fijaba su mirada en el suelo, para recabar su confirmación-… y ambos comenzamos a excavar entre las hojas y los escombros. Lo que descubrimos no me parecieron restos de perros ni de mapaches.

Y tras estas palabras cruzó los brazos en su pecho, inclinó la barbilla y se balanceó sobre sus talones.

– ¿Por qué razón?

– Era demasiado grande.

Hizo girar la lengua y la introdujo en uno de los huecos de su dentadura. La punta apareció y desapareció entre los dientes como un gusano que buscara la luz diurna.

– ¿Algo más?

– ¿A qué se refiere?



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