
El gusano se retiró.
– ¿Encontró algo más aparte de los huesos?
– Sí. Eso fue lo que no pareció adecuado.
Extendió ampliamente los brazos para señalar una dimensión con las manos.
– Una gran bolsa de plástico envolvía todo el hallazgo y…
Levantó las palmas de las manos y dejó la frase inacabada.
– ¿Y qué?
Mi intranquilidad iba en aumento.
– Une ventouse -concluyó rápidamente.
Se mostraba avergonzado y agitado al mismo tiempo. Gil estaba tan ansioso como yo. Levantó la mirada del suelo y la dejó vagar con inquietud.
– ¿Qué? -inquirí.
Creí haber comprendido mal.
– Une ventouse. Un desatascador de los que se utilizan en el baño.
Él imitó su uso. Echó el cuerpo hacia adelante, sujetó las manos en un invisible mango y subió y bajó los brazos. La macabra pantomima estaba tan fuera de lugar que resultaba discordante.
Gil profirió un juramento y desvió de nuevo los ojos al suelo. Yo lo miré con fijeza. Aquello era insólito. Concluí mis notas y cerré el bloc.
– ¿Está mojado ahí abajo? -pregunté.
Prefería no ponerme las botas ni el mono si no era necesario.
– No -repuso.
Y miró de nuevo a su compañero en espera de confirmación.
Gil negó con la cabeza sin levantar la mirada del suelo.
– De acuerdo -dije-. Vayamos.
Confiaba en parecer más tranquila de lo que estaba.
El tipo con cola de caballo me condujo por las hierbas hasta el bosque. Descendimos gradualmente por un pequeño barranco cuya vegetación se iba haciendo cada vez más densa a medida que nos acercábamos al fondo. Yo lo seguía por entre los matorrales, sosteniendo con la mano derecha las ramas que él apartaba para abrirme paso y luego tendiéndoselas a Gil. Aun así las ramitas menores se enredaban en mis cabellos. El lugar olía a tierra húmeda y a hierbas y hojas podridas. La luz del sol se filtraba de modo desigual entre el follaje y moteaba el terreno con recuadros, como las piezas de un rompecabezas. Aquí y allí un rayo encontraba una abertura y se abría paso hasta el suelo, y podían verse las partículas de polvo flotando en su sesgado trayecto. Insectos voladores revoloteaban ante mi rostro y zumbaban en mis oídos, y las enredaderas se envolvían en mis tobillos.
