
El de la izquierda era el más viejo, un tipo delgado y moreno con aspecto de terrier. El hombre miraba en torno con nerviosismo y desviaba su atención de uno a otro objeto, de una persona a otra, como una abeja que entrara y saliera de un capullo. Fijaba su mirada en mí y luego la apartaba con rapidez, cual si temiera que establecer contacto con los ojos ajenos lo comprometiera a algo que más tarde pudiera lamentar. Asimismo compensaba su peso de uno a otro pie e inclinaba alternativamente los hombros.
Su compañero, mucho más corpulento, llevaba una larga y lacia cola de caballo y tenía el rostro curtido. Me sonrió mientras me aproximaba y exhibió huecos vacíos de dentadura. Sospeché que sería el más locuaz de ambos.
– Bonjour. Comment ça va? -los saludé.
Era el equivalente a «¡Hola! ¿Cómo están ustedes?».
– Bien, bien -respondieron con simultáneas inclinaciones de cabeza.
Me identifiqué y les pregunté si habían denunciado el descubrimiento de los huesos. Nuevas señales de asentimiento a modo de respuesta.
– Explíquenmelo.
Mientras hablaba saqué un bloc pequeño de notas de mi mochila, levanté la tapa y preparé un bolígrafo al tiempo que les sonreía alentadora.
El tipo de la cola de caballo se expresaba con entusiasmo, y sus palabras se precipitaban como los niños cuando salen de recreo: disfrutaba con la aventura. Se expresaba en un francés muy acentuado, enlazando las palabras, y las terminaciones se perdían al estilo de los quebequeses de la parte alta del río, de modo que yo tenía que escucharlo con suma atención.
– Limpiábamos la maleza: forma parte de nuestro trabajo.
Señaló hacia los cables del tendido eléctrico que teníamos sobre nuestras cabezas y después extendió el brazo sobre el terreno.
