
Al final de la zanja el obrero se detuvo para orientarse y luego giró hacia la derecha. Yo fui tras él dando manotazos a los mosquitos, mientras apartaba la vegetación y entornaba los ojos para protegerme de las nubes de insectos. El sudor me perlaba los labios, empapaba mis cabellos y adhería los mechones sueltos a la frente y al cuello. No tendría que haberme preocupado por mis ropas ni por mi peinado.
A quince metros del cadáver ya no necesité guía alguno. Había detectado la inconfundible fetidez a muerte que se mezclaba con el peculiar olor arcilloso de los bosques. El olor a carne en descomposición no se asemeja a ningún otro y se percibía claramente en el ambiente cálido del atardecer, tenue pero innegable. A medida que avanzaba, el dulzón y fétido hedor se fue concentrando, haciéndose más intenso, como el chirrido de una langosta, hasta que dejó de confundirse y se impuso a todos los demás. Los aromas de pino, musgo y humus dejaron paso a la pestilencia de la carne putrefacta.
Gil se detuvo a discreta distancia. El olor le bastaba: no necesitaba echar otra mirada. Unos tres metros más adelante también se detuvo su compañero, se volvió y, sin pronunciar palabra, señaló un bulto pequeño parcialmente cubierto por hojas y escombros sobre el que zumbaban y volaban las moscas en círculos cual invitados en un bufé libre.
Al verlo me dio un vuelco el estómago y una voz en mi interior me repitió el consabido «ya te lo dije». Con creciente temor deposité mi mochila al pie de un árbol, extraje de ella unos guantes quirúrgicos y me introduje con sumo tiento por el follaje. Cuando me aproximaba al bulto, distinguí la zona que los hombres habían despejado de vegetación, y mi visión confirmó los temores que sentía.
