
Entre las hojas y la tierra surgía el arco de unas costillas, con los extremos curvados hacia arriba como el armazón de un barco. Me incliné para observar con más detenimiento. Las moscas zumbaron a modo de protesta, y el sol se reflejó iridiscente en los azules y verdosos insectos. Al despejar los escombros, advertí que las costillas estaban unidas a un segmento de columna vertebral.
Aspiré a fondo y, protegida por los guantes, comencé a retirar puñados de hojas secas y agujas de pino. Mientras exponía la columna vertebral a la luz solar, se disgregó una masa de escarabajos sobresaltados. Los bichos se diseminaron y desaparecieron uno tras otro por los bordes de las costillas.
Haciendo caso omiso de los insectos, seguí retirando sedimentos y, con lentitud y sumo cuidado, despejé una zona de aproximadamente un metro. Tardé menos de diez minutos en comprobar lo que Gil y su compañero habían descubierto. Me aparté los cabellos del rostro con la mano enguantada y, apoyada en los talones, examiné el espectáculo que se me ofrecía.
Ante mí tenía un torso en estado esquelético. La caja torácica, la columna vertebral y la pelvis aún seguían unidos por músculos y ligamentos secos. Aunque el tejido conjuntivo es pertinaz y se niega a ceder su sujeción en las articulaciones durante meses o años, el cerebro y los órganos internos no son tan resistentes: las bacterias y los insectos los descomponen rápidamente, a veces en cuestión de semanas.
Distinguí restos de tejido pardo y desecado adherido a las superficies torácica y abdominal de los huesos. Mientras permanecía en cuclillas entre el zumbido de las moscas y con los rayos de sol moteando el bosque alrededor de mí, tuve la absoluta certeza de dos cosas: el torso era humano y no llevaba mucho tiempo allí.
Y también comprendí que no había llegado a aquel lugar por casualidad. La víctima había sido asesinada y abandonada. Los restos estaban contenidos en una bolsa de plástico de las que suelen utilizarse para las basuras domésticas. En aquellos momentos estaba desgarrada, pero sospechaba que habrían transportado el torso en ella. Faltaban la cabeza y las extremidades y no se veían efectos personales ni otros objetos en las proximidades… salvo uno.
