Los huesos de la pelvis rodeaban un desatascador de lavabo. El largo mango de madera se proyectaba hacia arriba como el palo invertido de un helado, y la parte curvada de caucho rojo estaba aplastada contra la abertura pélvica, en una posición que sugería intencionalidad. Por horripilante que fuese la idea, no creí que la asociación fuese errónea.

Me levanté y miré a mí alrededor con las rodillas resentidas por el cambio de postura. Sabía por experiencia que los animales carroñeros suelen arrastrar partes de un cuerpo a distancias impresionantes. Los perros acostumbran ocultarlas en zonas de baja maleza, y los animales que se refugian en madrigueras sumergen huesecillos y dientes en agujeros subterráneos. Me limpié el polvo de las manos y escudriñé mi proximidad más inmediata en busca de posibles localizaciones.

Las moscas zumbaban, y un cuerno resonó a miles de quilómetros de distancia. Recuerdos de otros bosques, otras tumbas y otros huesos cruzaron sigilosos por mi mente como imágenes inconexas de antiguas películas. Permanecí en absoluta inmovilidad, escudriñando vigilante. Por fin intuí más que distinguí una irregularidad en mi entorno que, cual un rayo de luz reflejado en un espejo, desapareció antes de que mis neuronas pudieran formar una imagen. Un parpadeo casi imperceptible me obligó a volver la cabeza. Nada. Me mantuve rígida, sin la certeza de haber visto algo realmente; aparté los insectos de mis ojos y advertí que refrescaba.

Insistí en mi observación, mientras una ligera brisa agitaba los húmedos mechones alrededor de mi rostro y hacía crujir las hojas. Entonces volví a percibirlo: un leve reflejo de luz solar en algún punto. Avancé unos pasos, insegura de su origen, y me detuve con todos los sentidos concentrados en la luz del sol y las sombras. Seguía sin percibir nada. ¡Naturalmente que no, necia! Allí no podía haber nada: no había moscas.



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