
De pronto lo descubrí. El viento, que soplaba con suavidad, resbalaba sobre una superficie brillante y provocaba una momentánea ondulación en la luz del atardecer que, aunque casi imperceptible, había atraído mi atención. Me aproximé sin apenas respirar y miré a mis pies. No me sorprendió lo que tenía ante los ojos: lo había encontrado.
Entre las raíces de un álamo amarillo, por un hueco, asomaba la punta de otra bolsa de plástico. Profusión de ranúnculos bordeaban el álamo y la bolsa y se extendían en suaves zarcillos hasta desaparecer entre los hierbajos circundantes. Las flores, de viva tonalidad amarilla, parecían fruto de una ilustración de Beatrix Potter, y la frescura de sus flores contrastaba duramente con lo que me constaba que se ocultaba en la bolsa.
Me aproximé al árbol, y a mi paso crujieron ramas y hojas. Apoyándome en una mano, despejé un trozo de plástico, lo así con firmeza y tiré fuertemente de él. Pero no cedió. Volví a agarrar el plástico y tiré con más fuerza, y esta vez la bolsa se movió al tiempo que yo advertía la consistencia de su contenido. Los insectos revoloteaban ante mi rostro, el sudor se deslizaba por mi espalda y el corazón me latía con la intensidad de un bajo en un grupo de heavy metal.
Un tirón más y logré liberar la bolsa. La arrastré lo bastante para poder inspeccionar su interior -o quizá sólo deseaba apartarla de las flores de la señorita Potter-. Fuera cual fuese su contenido, era pesado y me cabían escasas dudas acerca de su naturaleza. No me equivocaba. Mientras soltaba los extremos de la bolsa el olor a putrefacción era aplastante. La abrí y examiné el interior.
Un rostro humano me devolvió la mirada.
