Una Corona que ahora Holly estaba poniendo en peligro, consciente o inconscientemente.

– Traedla de inmediato -ordenó bruscamente al recordar todo lo que estaba en juego-. Traedla directamente al palacio.

– Podría haber problemas -respondió Georgios precaución.

– ¿Qué clase de problemas?

– Ya le he dicho que no está… tranquila -explicó- No podemos estar seguros de que no vaya a ponerse a gritar.

– ¿Por qué habría de hacerlo?

Un nuevo silencio. Era evidente que Georgios sabía que era una pregunta estúpida.

Bueno, quizá lo fuera. Si la habían llevado hasta allí en contra de su voluntad y si seguía siendo la Holly que él conocía…

– Me reuniré con vosotros en el aeropuerto -anunció Andreas.

– Pero no en la pista principal -se apresuró a decir Georgios-. Tiene que hablar con ella en privado. Si es que ella quiere hablar con usted.

– Claro que querrá -aseguró con tristeza.

– Puede ser -respondió Georgios-. ¿Cuánto tiempo hace que no la ve?

– Diez años.

– Entonces quizá haya cambiado -dijo, y luego añadió algo más con un claro tono de admiración-. Puede que haya aprendido a luchar.

– Ya sabía hacerlo hace diez años.

– ¿Y conseguía ganarla entonces? -preguntó Georgios tímidamente-. Con todo respeto, Alteza… Hay que ser muy fuerte para sujetarla. ¿Podrá hacerlo?

Estaban aterrizando.

Holly había dejado de protestar hacía ya tiempo. En cuanto la habían metido en el avión y habían levantado el vuelo, había tenido que aceptar que no servía de nada luchar y se había encerrado en un digno silencio, o al menos eso esperaba que pareciera.

Porque lo cierto era que no se sentía nada digna. Iba vestida con unos vaqueros viejos y una camisa llena de polvo, el mismo polvo que le apelmazaba la melena rizada. Se había lavado la cara en el lavabo del avión, pero no tenía ni un poco de maquillaje con el que disimular las ojeras; estaba agotada y temerosa.



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