
– No me importa lo que haga ella -replicó Andreas, consternado ante el resultado que habían dado las órdenes de Sebastian-. No se os ocurra hacerle daño. No es más que una chiquilla.
– Es una mujer -lo corrigió Georgios-. Una mujer hecha y derecha, con algo de tigresa.
Andreas pensó en la Holly que había dejado hacía diez años. Ya a los diecisiete años tenía mucho carácter.
Él había pasado entonces seis maravillosos meses en la propiedad de los padres de Holly, adentrándose en la vida del interior desértico de Australia antes de dedicarse por completo a sus obligaciones como príncipe. Era el deseo de un joven que su padre, el rey Aegeus, le había concedido a regañadientes. Su relación con Holly había nacido de la nada y se había convertido en verdadera pasión. Él deseaba desesperadamente que la relación continuara, pero Holly había sido fuerte por los dos.
– Tú no perteneces a mi mundo, ni yo al tuyo -le había dicho ella tajantemente mientras Andreas la abrazaba por última vez después de decirle que no podría marcharse-. Tu vida está en Aristo. Allí te necesitan y estás prometido en matrimonio con una princesa. No lo hagas más difícil de lo que ya es para los dos. Vete, Andreas.
Eso había hecho. Se había ido intentando olvidar la expresión de dolor que había visto en el rostro de su amada, las lágrimas que habían inundado sus ojos… También él había estado a punto de echarse a llorar, pero sabía que Holly tenía razón. Él era un príncipe prometido a una princesa, y ella tenía unos padres ya mayores a los que debía cuidar al tiempo que se forjaba una carrera como profesora en la Escuela del Aire. Holly y Andreas pertenecían a mundos diferentes.
Y eso había sido todo. Durante diez largos años, había intentado no pensar en ella, durante un tumultuoso matrimonio que había terminado en un complicado divorcio; durante sus obligaciones como príncipe y durante la vida que llevaba en aquella jaula de oro que era la realeza. Su vida estaba enteramente al servicio de la Corona, una Corona que había proteger a toda costa.
