
– ¿Y tú sabes lo que puede pasarte por secuestrar a alguien y sacarlo de su país? -replicó ella-¿Por traerme aquí en contra de mis deseos? No sé qué quieres de mí, Andreas Karedes, pero diles a tus matones que me lleven de nuevo a mi casa.
Andreas le puso ambas manos en los hombros, pero ella volvió a darle una bofetada. Aún más fuerte.
Dios. Si no tenía cuidado, iba a acabar con un ojo morado.
– Sólo quiero una explicación… -empezó a decir Andreas, pero ella estaba demasiado furiosa como para dejarlo seguir.
– No me importa lo que quieras. Déjame que me vaya
– No hasta que me digas lo que necesito saber.
– No puedes hacer eso.
– Holly, me parece que ya lo he hecho -le dijo con cansancio-. Siento que te secuestraran. Mi intención era convencerte de que vinieras, no obligarte. Pero ahora que estás aquí, tienes que obedecer al imperativo real; te quedarás hasta que recibamos una explicación.
Vaya…, no lo había hecho muy bien. Desde luego como disculpa carecía de diplomacia. Sin duda, eso fue lo que pensó Holly porque lo miró fijamente, con las mejillas sonrojadas por la rabia. Después miró por la ventana, al ajetreo de la pista de aterrizaje y del aeropuerto.
– Aristo es un país civilizado -dijo ella de pronto con gesto pensativo.
– ¿Qué…?
– Tenéis leyes -continuó diciendo-. Leyes contra el secuestro, supongo. Antes podrías asaltar y violar, pero imagino que eso ya es historia.
– Se hace lo que yo digo -espetó él, sorprendido.
– ¿Si? -lo miró con expresión pensativa, luego cerró los ojos… y gritó.
Lanzó un grito que no se parecía a ningún otro. Un grito perfeccionado durante años por una niña aficionada al drama y con espacios abiertos en los que poder practicar. Un grito que hizo que todos los que se encontraban en cien metros a la redonda se volvieran a mirar hacia el avión para ver qué ocurría.
