– ¿Sabía que en la propiedad hay una tumba de un niño? La lápida dice «Adam Andreas Cavanagh. Fallecido el 7 de octubre de 2000, a las siete semanas y dos días. Hijo adorado de Holly. Un pequeño ángel al que amé con todo mi corazón».

Adam Andreas Cavanagh. Aquel nombre, y lo que había sugerido el reportero, le había provocado un dolor que jamás se habría creído capaz de sentir. Había intuido la verdad desde el principio, incluso antes de calcular si encajaban las fechas.

Porque recordaba cuando ella le había dicho:

– ¿El reino de Adamas? Me encanta. Adam es un nombre con mucha fuerza. Si alguna vez tengo hijo, me gustaría que se llamara Adam.

Se lo había dicho mientras estaban tumbados sobre un magnífico lecho de césped que había surgido milagrosamente después de las lluvias. Aquel día habían hecho el amor por última vez en un lecho de hierba y flores silvestres. Holly se había abrazado a él con pasión, había hablado de un hipotético hijo y luego él se había marchado continuar con su vida.

Sin saber que dejaba atrás a… Adam Andreas Cavanagh. No tenía la menor duda de que las suposiciones del investigador eran ciertas, tenían que serlo porque Holly era virgen cuando se conocieron. Tenían que ser ciertas…

Pero si era así, era un desastre.

– Le debí causar mucha impresión si decidió ponerle a su hijo uno de mis nombres -había bromeado con el periodista para intentar desviar sus sospechas, pero no estaba seguro de que hubiera servido de nada.

Después de los escándalos que estaban sacudiendo a la familia real, cualquier cosa podría ocasionar un verdadero caos. La prensa lo sabía y andaban como sabuesos a la caza de la presa.

Problemas, eso era lo que significaba la presencia de Holly, especialmente si se ponía a gritar como la última vez. ¿Acaso no se daba cuenta de que podría hacer caer del trono a su familia?

Al dar la vuelta a una duna de arena se encontró con la playa que le había indicado Sophia… y con Holly.



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