Estaba tumbada sobre la arena a menos de diez metros de él. Llevaba la parte de abajo de un diminuto bikini color carmín. Y nada más. Estaba tumbada boca abajo, pero apoyada sobre los codos, leyendo, así que Andreas podía ver la generosa curva de sus pechos. Los rizos rubios del cabello le caían sobre los hombros; había estado nadando y aún tenía el pelo mojado. Parecía… libre, pensó Andreas de pronto; una libertad que él nunca podría tener. Además, estaba increíblemente bella El nudo de rabia y tensión que llevaba semanas oprimiéndole el pecho se deshizo de repente, así de simple. En su lugar apareció una sensación intensa que tuvo que hacer un esfuerzo para acordardarse donde estaba. Holly no lo había visto podría acercarse a ella y tumbarse a su lado,vtocar su cuerpo como lo había hecho años atrás.

Claro. Estaba allí para evitar que surgieran rumores que pudieran hacer daño a la Corona, no para provocar más.

– Vamos Andreas, sé sensato -se dijo a sí mismo con una especie de rugido.

Ella debió de oírlo porque justo entonces levantó la vista y se incorporó rápidamente para ponerse la parte de arriba del biquini, pero él ya lo había visto todo.

Tenía casi diez años más que la última vez. Su cuerpo era ahora el de una mujer. Un cuerpo sensual y curvilíneo que podría volver loco a un hombre…

– ¿Qué haces ahí? -preguntó ella, interrumpiendo sus pensamientos.

– Soy el dueño de la isla -respondió Andreas mientras ella se envolvía en una toalla como si le fuera la vida en ello. No dijo nada, así que él continó hablando-. Tengo que hablar contigo, por eso te he traído aquí.

– Podrías haberme llamado por teléfono. No estamos en la Edad Media.

– No -admitió Andreas-. Pero los teléfonos están pinchados.

– ¿Los tuyos?

– Los tuyos.

– ¿Por qué iba nadie a intervenir mi teléfono? -preguntó con incredulidad.

– Porque el país entero quiere saber lo que hubo entre nosotros -hizo una breve pausa-. Volvamos a la casa.



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