
Claro. Estaba allí para evitar que surgieran rumores que pudieran hacer daño a la Corona, no para provocar más.
– Vamos Andreas, sé sensato -se dijo a sí mismo con una especie de rugido.
Ella debió de oírlo porque justo entonces levantó la vista y se incorporó rápidamente para ponerse la parte de arriba del biquini, pero él ya lo había visto todo.
Tenía casi diez años más que la última vez. Su cuerpo era ahora el de una mujer. Un cuerpo sensual y curvilíneo que podría volver loco a un hombre…
– ¿Qué haces ahí? -preguntó ella, interrumpiendo sus pensamientos.
– Soy el dueño de la isla -respondió Andreas mientras ella se envolvía en una toalla como si le fuera la vida en ello. No dijo nada, así que él continó hablando-. Tengo que hablar contigo, por eso te he traído aquí.
– Podrías haberme llamado por teléfono. No estamos en la Edad Media.
– No -admitió Andreas-. Pero los teléfonos están pinchados.
– ¿Los tuyos?
– Los tuyos.
– ¿Por qué iba nadie a intervenir mi teléfono? -preguntó con incredulidad.
– Porque el país entero quiere saber lo que hubo entre nosotros -hizo una breve pausa-. Volvamos a la casa.
