– Si quieres llevarme, a rastras y gritando.

– Holly, coopera un poco.

– Dame una buena razón para hacerlo.

– ¡Me lo debes! -exclamó con una pasión que hizo que ella abriera mucho los ojos-. Tengo que saber la verdad.

– Yo no te debo nada -murmuró ella.

– Tuviste un hijo mío.

Lo dijo con tal certeza que la hirió, Andreas vio el dolor en su rostro. Aflojó los dedos con los que se aferraba a la toalla y la dejó caer. Fue como si de repente ya no tuviera nada que proteger.

– Sí -susurró y lo miró a los ojos con firmeza, sin pedir disculpas, más bien desafiándolo.

– No me lo dijiste -la furia que se había apoderado de sus actos en las últimas semanas parecía haberse debilitado.

– No.

Holly no dijo nada más. Él tampoco. Por un momento se quedaron en completo silencio, sólo se oía el ruido del mar. Nada los distraía de aquella horrible realidad que compartían.

– Tenía derecho a saberlo -dijo él por fin.

– El mismo derecho que tenía yo a recibir las cartas que dijiste que me escribirías -respondió Holly con furia renovada-. Ni una llamada de teléfono, Andreas. Nada. Una sola nota de agradecimiento para mis padres, escrita por algún secretario con el membrete de la Casa Real…, eso fue todo.

– Sabes que no podía…

– ¿Continuar con la relación? Claro que lo sabía. Ya estabas prometido cuando llegaste a Australia, pero éramos dos críos. Yo era una adolescente, Andreas. Nunca había tenido novio. No tenías derecho a aprovecharte…

– ¡No fue así! Lo nuestro fue mutuo.

Hubo una breve pausa en la que Andreas creyó ver un atisbo de sonrisa.

– Pero yo seguía siendo una niña.

Ése era el problema. Andreas lo sabía, ambos lo sabían. Ella tenía diecisiete años, no dieciocho. Eso lo cambiaba todo.

– ¿Sabías que estabas embarazada cuando me fuí? -preguntó, tratando de concentrarse en el aspecto personal de lo ocurrido, no en el político ni el legal.



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