Se reprendió a sí misma inmediatamente. Estaba siendo fantasiosa. Aquellos hombres no habían ido en helicóptero hasta allí con la intención de hacerle daño, y en la casa ya no quedaba nada que robar.

De pronto notó las manos empapadas en sudor, se las secó en el pantalón, se puso un mechón de pelo rubio y rizado detrás de la oreja, o al menos intentó que se quedara allí, volvió a forzar una sonrisa y saludó a los recién llegados.

– ¿Puedo ayudarlos en algo?

Ninguno respondió a su sonrisa, la inquietud de Holly no hizo sino aumentar.

– ¿Es usted Holly Cavanagh? -preguntó uno de ellos.

– Sí.

Quizá fueran griegos, pensó. Tenían el mismo acento que Andreas. Quizá incluso fueran de la isla de Aristo, el país de Andreas.

Eso sí que era fantasioso. O quizá no. Había leído que los despiadados negocios del rey Aegeus habían convertido Aristo en una potencia económica; ahora había casinos, dinero fácil y muchos rumores de corrupción en las altas esferas. Quizá hubiera ciudadanos de Aristo con el dinero necesario para transformar un lugar como aquél.

Tal vez Andreas se hubiera enterado de que Munwannay estaba en venta, pensó de pronto Holly. A él siempre le había encantado la propiedad. Quizá…

Tenía que dejar de pensar, los hombres habían llegado ya junto a ella.

Estiró la mano para saludar. El que iba primero se la agarró, pero no para saludarla como ella esperaba, sino que la tomó de la muñeca y tiró de ella.

– Tiene que venir con nosotros.

– ¿Qué? -preguntó, atónita.

Pero él seguía tirando de ella hacia el helicóptero. Al ver que se resistía, otro de los hombres la agarró del otro brazo y así la llevaron prácticamente en volandas hasta el helicóptero.

Holly gritó con todas sus fuerzas.

No había nadie cerca que pudiera oírla. Munwannay llevaba ya mucho tiempo deshabitado, a excepción de ella misma, cuyos esfuerzos por salvar el lugar habían sido en vano.



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