
Subamos al helicóptero, rápido -dijo el que parecía llevar la voz cantante en un idioma que ella reconoció.Un idioma que Holly había aprendido por diversión, para poder hablar con Andreas sin que sus padres los entendieran.
– ¡No! ¡No! -protestó, pero no podía hacer nada; era una contra cuatro hombres que seguramente estaban entrenados para usar la fuerza bruta.
– Cállese -le espetó uno de ellos mientras otro le tiraba del brazo con tal fuerza que casi se lo dislocó.
– No le hagas daño -le reprendió su compañero-. El príncipe dijo que no le hiciéramos ningún daño.
– ¿Qué…? ¿Por qué? -estaban metiéndola en el helicóptero como si pesara menos que un saco de paja.
– No grite -dijo uno con voz amable, como si estuviera hablando con un niño-. Ni se esfuerce en luchar. El príncipe Andreas quiere verla y sus deseos son órdenes.
La llamada llegó poco después de la cena. Un criado avisó a Andreas discretamente y éste se alejó de su familia sin decir nada.
Lo cierto era que la familia real de Karedes estaba tan inmersa en la oleada de escándalos que los estaba golpeando, que difícilmente habrían podido percatarse de la ausencia de Andreas. Si hubiera estado allí su padre, habría sido impensable levantarse de la mesa antes de que sirvieran el oporto, pero el rey había muerto.
Larga vida al Rey, pensó Andreas con tristeza. Lo único que necesitaban era una coronación. Y un diamante. Y nada de escándalos.
En semejante contexto, el secreto de Holly bastaría para alejarlos a todos del trono para siempre.
Al menos la primera parte del plan de Sebastian había funcionado; eso fue lo que comprendió nada más contestar al teléfono.
– Estamos de camino -le dijo Georgios. Andreas respiró hondo, pues no había pensado que fuera a ser tan fácil.
En realidad, ni siquiera sabía qué había pensado. Había esperado que, después de tanto tiempo, Holly estuviera casada; fue una sorpresa enterarse de que seguía soltera.
