Pero ésa había sido la menor de las sorpresas. Ahora estaba de camino. Hacia él.

– ¿Accedió a venir de inmediato? ¿No protestó?

Se hizo un largo silencio al otro lado de la línea que hizo que Andreas frunciera las cejas, negras como el azabache.

– ¿Por qué no contestas?

– Las instrucciones eran que hiciéramos lo que fuera necesario para traerla.

– ¿Pero le pedisteis que os acompañara? Las instrucciones que se os dieron eran que requeríamos su presencia urgentemente, y que os asegurarais de que se sintiera cómoda.

– El príncipe Sebastian nos dijo que, si no accedía a acompañarnos, no hiciéramos caso a sus protestas. Estaba sola, esperando al agente inmobiliario, así que pensamos que lo mejor era hacer las cosas con rapidez; si nos hubiéramos puesto a discutir, habríamos perdido tiempo y puesto en peligro la misión.

– Entonces…

– La metimos en el helicóptero, que nos llevó hasta el avión en el que nos encontramos, camino de Aristo. No ha habido ningún problema. Nadie nos vio llegar y nadie la vio marcharse.

Andreas cerró los ojos, preocupado por lo que acababan de hacer sus hombres.

– La habéis secuestrado.

– No había otra opción -respondió Georgios con firmeza-. No había manera de que nos escuchara. Hemos estado todo el vuelo intentando explicarle que sólo quería verla, pero estaba demasiado furiosa como para escuchar. Incluso mordió a Maris.

– ¿Forcejeasteis con ella?

– No quería venir, claro que tuvimos que forcejear.

Andreas tomó aire. La habían secuestrado… ¿Qué pensaría Holly? Y si salía a la luz… Un príncipe de la casa real de Karedes secuestrando a una australiana; la había sacado de su país en contra de su voluntad…

– ¿Le habéis hecho algún daño? -preguntó, sin apenas creer lo que decía.

– No -respondió Georgios a la defensiva-. Tenemos órdenes. Aunque se ha revuelto como una gata salvaje.



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