
– El signor Fallucci pasea todas las noches -dijo Anna, detrás de ella. Había entrado en la habitación para recoger la bandeja-. Siempre va a visitar la tumba de su esposa.
– ¿Está enterrada aquí?
– En una parcela de tierra que se consagró especialmente.
– ¿Cuánto hace que es viudo?
– Ocho meses. Murió en un accidente de tren el diciembre pasado en el que la pequeña resultó gravemente herida.
– ¡Pobrecita!
– Ahí puede ver el monumento. Todas las tardes se queda allí un buen rato. Cuando oscurece, vuelve a casa, pero para él aquí sólo hay más oscuridad.
– Puedo imaginármelo.
– Dice que la verá en su estudio en veinte minutos -añadió Anna antes de salir de la habitación con la bandeja.
Un rato antes, ese prepotente mensaje le habría molestado. Pero ahora, viéndole en la oscuridad, se dio cuenta de que se había producido un ligero cambio. Él parecía tan solo, tan abatido. Empezó a sentirse un poco más segura. Tal vez, después de todo, no había motivos para temerle.
Exactamente veinte minutos más tarde, estaba llamando a su puerta y escuchó un frío «¡Avanti!».
Al entrar, se vio en una habitación presidida por un gran escritorio de roble con una lámpara de mesa de donde provenía la única luz de la habitación. En la penumbra, podía entrever paredes revestidas de libros encuadernados en cuero.
Él estaba de pie, mirando por la ventana, y se volvió cuando ella entró. Pero permaneció en la sombra y ella no pudo distinguir más que su silueta.
– Buenas noches, signorina -su voz sonaba lejana-. ¿Prefieres que hablemos en inglés?
– Sí, gracias, signor Fallucci.
