– Sí, he estado allí.

– ¿Viste los barcos?

– Sí, y salí a navegar.

– Mami vivía en Portsmouth. Le gustaba navegar. Decía que era la sensación más maravillosa del mundo.

– Lo es. Sentir el viento en la cara y cómo se mueve el barco bajo tus pies…

– Cuéntame. Cuéntamelo todo.

Era difícil hablar alegremente cuando, en realidad, se sentía aterrorizada y su mente estaba pendiente de lo que podría estar pasando en el tren. Se obligó a seguir charlando con la niña. Era su única esperanza, pero había algo más. Sus brillantes ojos mostraban que para ella las palabras de Holly lo serían todo, y se decidió a ofrecerle a la pequeña toda la felicidad que pudiera.

Sus recuerdos eran vagos, pero los adornó para asegurarle a la niña la ilusión que estaba pidiendo. Había encontrado a alguien que, de algún modo, le traía recuerdos de su madre muerta y de sus momentos felices. Holly no habría acabado con su ilusión por nada del mundo.

Liza la interrumpía en todo momento, le preguntaba por las palabras que le resultaban nuevas y las practicaba hasta que estaba segura de que se las había aprendido. Aprendía muy rápido y no hacía falta decirle las cosas dos veces.

De pronto, Berta, que estaba mirando a la puerta, se inquietó. Holly, al verla, se puso nerviosa.

– Me estaba preguntado cuándo volverá el juez.

– ¿El juez? -preguntó Holly con tensión.

– El padre de Liza es el juez Matteo Fallucci. Ha ido a otro compartimento a saludar a un amigo. Espero… -se esforzó por hablar en inglés -que no tarde… No puedo aguantarme. Necesito ir al gabinetto.

– Sí, pero…

– ¿Se quedará con la piccina per un momento, si? Grazie -dijo mientras se iba corriendo, sin darle opción a Holly.

Comenzó a desesperarse. ¿Cuánto tendría que esperar? Al principio pensó que estaba salvada, pero ahora parecía todo lo contrario.

– ¿Te quedarás? -preguntó Liza.



4 из 112