
– Sólo un momento…
– No, quédate para siempre.
– Ojalá pudiera, de verdad, pero tengo que irme. Cuando Berta vuelva…
– Ojalá no vuelva nunca -dijo Liza, enfurruñada.
– ¿Por qué dices eso? ¿Es que no es buena contigo?
– No es eso; ella lo intenta, pero… -Liza se encogió de hombros de un modo elocuente-. No puedo hablar con ella. No me comprende. Ella piensa que todo está hecho si me como la comida y hago mis ejercicios. Pero si intento hablar con ella de… de cosas, pues se me queda mirando, y eso es todo.
A Holly le había dado esa misma impresión; parecía tener buena intención, pero no era muy sutil. Ni siquiera había pensado que no tendría que haber dejado a la niña con una extraña.
Pero tal vez, se estaba dando prisa y estaba a punto de volver. Quería echar un vistazo, así que se dirigió hacia la puerta y entonces se topó con un hombre.
No le había oído entrar y no sabía cuánto tiempo llevaba ahí de pie. Chocó contra él antes de ni siquiera verlo y tuvo la sensación de haberse chocado contra una torre.
– ¿Quién eres? -preguntó secamente en italiano-. ¿Qué estás haciendo aquí?
– Signore… -de pronto no podía respirar.
– ¿Quién eres?
Cojeando, Liza acudió al rescate:
– No, papi, la signorina es inglesa y sólo hablamos en inglés -tomó la mano de Holly-. Es de Portsmouth, como mami. Y es mi amiga.
Algo cambió en él. Holly recordó cómo Liza también había reaccionado previamente. Ella lo había hecho con gran alegría, mientras que ese hombre pareció estremecerse. De todos modos, ambos habían reaccionado ante lo mismo. Era un misterio.
Liza la llevó hacia su asiento, agarrándola de la mano como queriendo decir que su nueva amiga estaba bajo su protección. Aunque era muy pequeña, tenía una clara fuerza de voluntad. Holly pensó que probablemente la había heredado de su padre.
Él miró a Holly fríamente.
– ¿Aparece en mi compartimento y se supone que debo aceptar su presencia con ecuanimidad?
