
– Sólo soy… una turista inglesa.
– Creo que empiezo a comprender. Hay un gran alboroto en el tren, pero imagino que ya lo sabe.
– Sí, lo sé.
– Y no hay duda de que eso tiene que ver con su repentina aparición aquí. No, no responda. Puedo hacerme una idea.
– Entonces, déjeme ir.
– ¿Ir adónde?
Su tono era implacable, como también lo era todo lo demás en él. Alto, delgado y con unos ojos oscuros y ligeramente hundidos que miraban por encima de una prominente nariz; de pies a cabeza parecía el típico juez: el tipo de hombre que impone la ley y quiere que le obedezcan tanto en casa como en el tribunal.
Intentó encontrar en su cara algo de compasión, pero no encontró nada. Trató de ponerse en pie.
– Siéntese. Si sale por esa puerta, caerá directamente en manos de la policía. Están revisando los pasaportes de todos los pasajeros.
Ella se arrellanó en el asiento. Era el final.
– ¿Eres sospechosa? ¿Por eso Berta se ha marchado?
– No, Berta ha salido un momento al pasillo -dijo Liza con una risa infantil.
– Me pidió que cuidara de su hija mientras ella se marchaba un momento. Pero ahora que usted está aquí…
– Quédate donde estás -le ordenó.
Casi se había levantado de su asiento, pero su orden fue tan contundente que no tuvo más remedio que volver a sentarse.
– ¿De verdad estás huyendo de la policía? ¡Qué emocionante!
Su padre cerró los ojos.
– ¿Es mucho pedir que recuerdes que soy juez?
– O, pero eso no importa, papi -dijo la niña con tono risueño-. Holly necesita nuestra ayuda.
– Liza…
La niña se levantó con dolor de su asiento, le agarró la mano para mantener el equilibrio y lo contempló con una mirada desafiante.
– Es mi amiga, papi.
– ¿Tu amiga? ¿Y cuánto hace que la conoces?
– Diez minutos.
