
– Pero ¿nadie ha entrado en su casa?
– No.
– O sea, que lo mismo pudo resbalar en la bañera y darse un golpe en la cabeza.
Calvin lo miró.
– No vi luces encendidas. ¿Crees que se bañaba a oscuras?
– Buena observación -convino Myron.
– Menudo investigador estás hecho.
– Soy lento pero seguro.
Llegaron a la sala del equipo.
– Espera aquí -le indicó Calvin.
– ¿Puedo hacer una llamada? -preguntó Myron tocando su teléfono móvil.
– Adelante.
Calvin abrió la puerta y entró. Myron conectó el teléfono y marcó. Jessica contestó al segundo timbrazo.
– ¿Hola?
– Tengo que cancelar la cena de esta noche -dijo Myron.
– Será mejor que la excusa sea buena -repuso Jessica.
– Es inmejorable. Jugaré un partido de baloncesto con los New Jersey Dragons.
– Estupendo. Que tengas suerte, querido.
– Hablo en serio. Voy a jugar con los Dragons. En realidad, jugar no es la palabra correcta. Sería más preciso decir que voy a calentar su banquillo.
– ¿Lo dices en serio?
– Es una larga historia, pero sí, ahora soy oficialmente jugador de baloncesto profesional.
– Nunca me he tirado a un jugador de baloncesto profesional -dijo Jessica tras un breve silencio-. Me siento como Madonna.
– Como una virgen -apuntó Myron.
– Caramba. Eso sí que es una referencia pasada de moda.
– Sí, bueno, qué quieres que te diga. Soy de los años ochenta.
– Bien, señor Años Ochenta, ¿vas a contarme qué está pasando?
– Ahora no tengo tiempo. Esta noche, después del partido. Te dejaré una entrada en la taquilla.
Calvin asomó la cabeza.
– ¿Qué talla usas? ¿Una cuarenta y cuatro?
– Cuarenta y seis. Tal vez cuarenta y ocho.
Calvin asintió y se retiró. Myron marcó el número particular de Windsor Horne Lockwood III, presidente de la prestigiosa firma de inversiones Lock-Horne Securities, en el centro de Manhattan. Win contestó al tercer timbrazo.
