
– Articule -contestó Win.
Myron meneó la cabeza.
– ¿Articule?
– He dicho que articule, no que repita mis palabras.
– Tenemos un caso -anunció Myron.
– ¡Yupiiii! -exclamó Win con su peculiar acento de Filadelfia-. Estoy encantado, emocionado, pero antes de mearme encima, he de hacerte una pregunta.
– Dispara.
– ¿Se trata de una de tus habituales obras de caridad?
– Déjate de estupideces -replicó Myron-. La respuesta es no.
– ¿Cómo? ¿Nuestro valiente Myron no emprende una cruzada moral?
– Esta vez no.
– Cielo santo; habla, por Dios.
– Greg Downing ha desaparecido. Nuestro trabajo es encontrarlo.
– ¿Y qué recibimos a cambio?
– Setenta y cinco de los grandes como mínimo, más la representación de un jugador de primera división.
Myron decidió que aún no era el momento de informar a Win sobre su cambio provisional de carrera.
– Vaya, vaya… -Win parecía muy complacido-. Dime, ¿qué hay que hacer para empezar?
Myron le dio la dirección de la casa de Greg en Ridgewood.
– Nos encontraremos allí dentro de dos horas.
– Cogeré el Batmóvil -dijo Win, y colgó.
Calvin abrió la puerta y le tendió un uniforme de los Dragons, de color púrpura y azul verdoso.
– Pruébatelo.
Myron sintió un nudo en el estómago.
– ¿El treinta y cuatro? -preguntó en voz baja.
– Sí -respondió Calvin-. Como tu antiguo número en Duke. Me he acordado. -Tras una pausa, añadió-: Ve a probártelo.
– No hace falta -dijo Myron sacudiendo la cabeza-. Estoy seguro de que es de mi talla.
3
Ridgewood era una zona residencial de lujo, uno de esos antiguos suburbios que aún se autodenominan pueblos, donde el noventa y cinco por ciento de los estudiantes acaban yendo a la universidad y nadie deja que sus hijos se relacionen con el otro cinco por ciento. Había un par de calles de casas iguales, como recuerdo de la expansión suburbana de los años sesenta, pero en su mayor parte las magníficas casas de Ridgewood databan de una época anterior, en teoría más inocente.
