
Myron localizó la vivienda de los Downing sin problemas. Era de estilo Victoriano, muy grande, aunque no en exceso, de tres plantas con ripias de cedro perfectamente desteñidas. En la parte izquierda se alzaba una de esas torres redondas con la parte superior puntiaguda. El porche, descomunal, tenía todas las características de los que solía dibujar Norman Rockwell, con una mecedora doble, una bicicleta de niño apoyada contra la barandilla y un trineo para la nieve, aunque hacía seis semanas que no nevaba. En el sendero de entrada había una canasta de baloncesto, algo herrumbrosa, y en dos ventanas de arriba se veían brillantes pegatinas del cuerpo de bomberos rojas y plateadas. Unos robles ancianos flanqueaban el camino como centinelas curtidos por la intemperie.
Win aún no había llegado. Myron aparcó y bajó la ventanilla. Era un día perfecto de mediados de marzo y el cielo aparecía azul y despejado. Los pájaros trinaban como se espera de ellos. Intentó imaginar a Emily en aquel decorado, pero no lo consiguió. Era mucho más fácil visualizarla en un rascacielos de Nueva York o en una de esas mansiones de nuevos ricos, pintadas todas de blanco, con esculturas de Ertè, perlas negras y un exceso de espejos recargados. Hacía diez años que no hablaba con Emily. Quizás hubiera cambiado. O tal vez la hubiese juzgado mal cuando se conocieron, muchos años atrás. No sería la primera vez.
Era curioso estar de nuevo en Ridgewood. Jessica había crecido allí. Ya no le gustaba volver, pero ahora los dos amores de su vida, Jessica y Emily, tenían algo más en común, el pueblo de Ridgewood, lo cual podía sumarse a la lista de características compartidas, como conocer a Myron, haber sido cortejadas por Myron, haberse enamorado de Myron y haber destrozado el corazón de Myron como si fuera un tomate aplastado con un tacón de aguja. Lo de siempre.
