Emily había sido la primera. El primer año de carrera era ya un poco tarde para perder la virginidad, si había que hacer caso de las fanfarronadas de los amigos; pero si realmente se había producido una revolución sexual entre los adolescentes norteamericanos a finales de los años sesenta y principios de los setenta, Myron se la había perdido o bien se había equivocado de bando. Siempre había tenido éxito con las mujeres, pero mientras sus amigos se daban aires hablando de sus experiencias orgiásticas, Myron parecía atraer a las chicas equivocadas, a las buenas chicas, las que aún decían no…, o que habrían dicho sí, si Myron hubiera tenido el valor (o la intuición) de intentarlo.

Todo aquello cambió en la universidad cuando conoció a Emily, y con ella, la pasión. Es una palabra bastante manoseada, de acuerdo, pero Myron pensó que podía aplicarse en este caso. Se trataba como mínimo de lujuria desenfrenada. Emily era la clase de mujer a la que los hombres etiquetan de «caliente», término que consideran opuesto a «hermosa». Cuando uno ve a una mujer hermosa, quiere escribirle un poema. Cuando él veía a Emily quería enzarzarse en una lucha cuerpo a cuerpo para ver cuál de los dos desnudaba primero al otro. Aquella muchacha era puro sexo, tal vez con cinco kilos más de los necesarios, pero exquisitamente distribuidos. Constituían una mezcla explosiva. Ambos tenían menos de veinte años, estaban lejos de casa por primera vez y eran creativos. ¿Qué más podía pedirse?

Sonó el teléfono del coche. Myron descolgó el auricular.

– Supongo que habrás planeado forzar la puerta de los Downing, ¿verdad? -Era la voz de Win.

– Sí.

– Entonces, aparcar tu coche delante de dicha puerta no es una decisión muy inteligente por tu parte.



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