Myron miró alrededor.

– ¿Dónde estás?

– Conduce hasta el final de la manzana. Tuerce a la izquierda y luego en la segunda a la derecha. Estoy aparcado detrás del edificio de oficinas.

Myron colgó y puso en marcha el coche. Siguió las instrucciones de Win y entró en el aparcamiento. Win se encontraba apoyado contra su Jaguar, con los brazos cruzados. Como siempre, tenía aspecto de estar posando para la portada del WASP Quarterly. Ni uno solo de sus cabellos rubios estaba fuera de sitio. Su tez era algo sonrosada, sus facciones, aristocráticas y tal vez demasiado perfectas, parecían de porcelana. Llevaba pantalones de color caqui, chaqueta cruzada de color azul, náuticos sin calcetines y una llamativa corbata de Lilly Pulitzer. Win hacía honor a la imagen que uno se haría de un tipo llamado Windsor Horne Lockwood III: elitista, egocéntrico y engreído.

Bien, dos de tres no estaba nada mal.

El edificio de oficinas albergaba una mezcla por lo demás ecléctica. Ginecólogo. Electrólisis. Servicio de entrega de citaciones judiciales. Especialista en nutrición. Gimnasio femenino. No era de extrañar que Win estuviera apostado cerca de la entrada del gimnasio femenino. Myron se acercó.

– ¿Cómo sabías que estaba aparcado delante de la casa? -preguntó.

Una mujer de poco más de veinte años, que llevaba una malla negra de licra, salió cargada con un bebé. No había tardado mucho en recuperar su figura. Win le dedicó una sonrisa. La mujer se la devolvió.

– Me encantan las madres jóvenes -dijo Win.

– A ti lo que te gusta son las mujeres que usan prendas de licra -lo corrigió Myron.

Win asintió.

– Exacto. -Se puso unas gafas de sol-. ¿Empezamos?

– ¿Crees que entrar por la fuerza en esa casa nos puede traer algún problema?

Win le miró como diciendo: «Fingiré que no he oído tu pregunta». Otra mujer salió del gimnasio. Por desgracia, ésta no justificaba que Win le sonriese.



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