Los Devils habían jugado la noche anterior. Esta noche era el turno de los Dragons. El palco era una preciosidad. Contaba con veinticuatro asientos almohadillados y dos monitores de televisión. A la derecha había un mostrador chapado en madera para la comida, por lo general pollo frito, perritos calientes, bolitas de patata, bocadillos de salchichas con pimienta… esa clase de cosas. A la izquierda había un carrito metálico con un bar bien aprovisionado y una mininevera. El palco disponía también de un cuarto de baño privado, para que los peces gordos no tuvieran que mezclarse con los jugadores sudados.

Clip Arnstein les esperaba de pie. Lucía traje azul oscuro y corbata roja. Dos mechones de pelo gris surgían de los costados de una enorme calva cubriéndole las orejas. Pese a sus setenta y pico años, era corpulento aún y tenía el pecho amplio como un tonel. Sus manos eran grandes y estaban surcadas por gruesas venas azules; la piel aparecía salpicada de manchas marrones. Nadie habló. Nadie se movió. Clip miró con atención a Myron durante varios segundos, examinándolo de pies a cabeza.

– ¿Le gusta la corbata? -preguntó Myron.

Calvin Johnson le dirigió una mirada de advertencia. El viejo no se movió de su sitio.

– ¿Cuántos años tienes, Myron?

Una interesante pregunta para abrir el fuego.

– Treinta y dos.

– ¿Juegas?

– Un poco.

– ¿Te mantienes en forma?

– ¿Quiere que haga unas cuantas flexiones?

– No, no será necesario.

Nadie invitó a Myron a tomar asiento, y nadie se sentó. Es cierto que las únicas sillas disponibles eran las de los espectadores, pero le resultaba extraño estar de pie para hablar de negocios. De repente, seguir de pie le empezó a resultar difícil. Se puso nervioso. No sabía qué hacer con las manos. Sacó una pluma y la sostuvo en la mano, pero no le pareció lo más adecuado. Metió las manos en los bolsillos y adoptó una postura extraña.

– Myron, queremos hacerte una proposición interesante -dijo Clip Arnstein.



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