
– ¿Cómo se llama?
– Jacob Jablon. Hacía de soplón, de cebo, todo tipo de mierda.
– Me suena el nombre.
– Le llamaban el Giros.
– Pues sí que le conocía -dije-. Hace años que no le veo. Siempre daba vueltas a un dólar de plata.
– Ya, pues ahora sólo va a dar la vuelta en la tumba.
Inspiré. Dije:
– No es el tío que busco.
– No me lo parecía. No creo que estuviera casado, y si lo hubiera estado, no lo habría querido buscar su mujer.
– No es la mujer la que quiere encontrar al tío este.
– ¿No?
– Es su novia.
– ¡Que me jodan!
– Y tampoco creo que esté en la ciudad, pero merece la pena contarle cualquier cosa mientras pague. Si un tío quiere desaparecer, coge y lo hace.
– Así funciona la cosa normalmente, pero si ella quiere pasarte el dinero…
– Tengo esa sensación -dije-. ¿Cuánto tiempo llevaba el Giros en el agua? ¿Lo saben ya?
– Creo que dijeron cuatro, cinco días. ¿Por qué te interesa?
– Identificándole por las huellas, me figuraba que tenía que ser bastante reciente.
– ¡Oh!, las huellas duran una semana fácilmente. A veces, más, depende de los peces. Imagínate sacándole las huellas a un ahogado, joder, si yo hiciera eso, pasaría mucho tiempo antes de querer comer. Imagínate la autopsia.
– Pues eso no sería difícil. Alguien tenía que haberle dado en la cabeza.
– Teniendo en cuenta quién era, diría yo que no cabe duda. No era el tipo que va a nadar y que se golpea la cabeza con el muelle por accidente. ¿Qué apuestas a que descubren que era homicidio?
– ¿Por qué?
– Porque esto no lo quieren en archivo abierto durante los próximos cincuenta años, y ¿quién quiere comerse el coco investigándolo que pasó a un gilipollas como el Giros? Así que está muerto y nadie le va a llorar.
