Era un paisaje de mar, poco profesional, con muchos barquitos pequeños haciendo cabriolas en un mar turbulento. En primer plano unos hombres se asomaban por los lados de un barco. Parecían estar vomitando, pero era difícil creer que el artista lo hubiera querido así.

– Lo pintó la señora Prager -dijo la chica-. Su mujer.

– Es interesante.

– Pintó todos los de su oficina también. Debe ser maravilloso tener un talento así.

– Debe serlo.

– No le dieron clases nunca.

A la recepcionista esto le parecía más extraordinario que a mí. Me pregunté cuándo había empezado a pintar la señora Prager. Supuse que después de crecer sus niños. Los niños de Prager eran tres: un chico que estudiaba medicina en la Universidad de Búfalo, una hija casada en California, y la más joven, Stacy. Ya habían dejado todos el nido y la señora Prager vivía en una casa solitaria en Rye y pintaba paisajes de mares tormentosos.

– Terminó con el teléfono -dijo la chica-. Perdón, no le cogí el nombre.

– Matthew Scudder -dije.

Le llamó para anunciarle mi visita. No esperaba que le significase nada mi nombre y evidentemente no lo había hecho porque la chica me preguntó el motivo de mi visita.

– Represento el proyecto Michael Litvak.

Si Prager se dio cuenta de lo que era eso no lo dejó ver. Ella transmitió su continua confusión.

– La Cooperativa Golpea y Corre -dije-. El proyecto Michael Litvak. Es un asunto confidencial, estoy seguro de que me querrá ver.

En realidad, estaba seguro de que no me iba a querer ver en absoluto, pero ella le repitió mis palabras, y él no pudo realmente evitarlo.

– Le verá ahora -dijo ella, y señaló con su cabecita rizada una puerta con el cartel de privado.

Su oficina era amplia.



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