La pared del fondo era toda de cristal con una vista bastante impresionante de una ciudad que tiene mejor aspecto cuanto más alto estés. La decoración era tradicional, en fuerte contraste con el severo mobiliario de la recepción. Las paredes eran paneles de madera oscura, tablas individuales, no de ese aglomerado. La moqueta era de color oporto aleonado. Había muchos cuadros en las paredes, todos paisajes marinos, todos, indudablemente, obras de la señora de Henry Prager.

Había visto su foto en los periódicos que miré en la sala de microfilmes en la biblioteca. Sólo eran de hombros para arriba, pero me habían hecho esperar encontrarme con un hombre más grande que el que ahora se ponía de pie detrás de la mesa de cuero. Y la cara de la foto Bacharach radiaba calma y serenidad. Ahora se encontraba marcada por el recelo, contenida por la cautela. Me acerqué a la mesa y nos quedamos mirándonos. Parecía dudar si ofrecerme la mano o no. Decidió no hacerlo. Dijo:

– ¿Se llama Scudder?

– Exacto.

– No estoy seguro de lo que quiere.

Yo tampoco lo estaba. Había una silla de cuero rojo con brazos de madera cerca de la mesa. La arrimé y me senté mientras él seguía de pie. Vaciló un momento y se sentó también. Esperé unos segundos por si acaso él dijera algo, sin embargo, era bastante bueno en cuestiones de espera.

– Mencioné un nombre anteriormente. Michael Litvak -dije.

– No conozco el nombre.

– Entonces nombraré otro. Jacob Jablon.

– No conozco ése tampoco.

– ¿No? El señor Jablon era socio mío. Hemos hecho algún negocio juntos.

– ¿Qué tipo de negocios?

– ¡Bah! Un poco de esto, un poco de lo otro. Nada tan próspero como el suyo, me temo. ¿Es un asesor de Arquitectura?

– Exacto.

– Proyectos de gran escala. Urbanizaciones, edificios de oficinas, ese tipo de cosas.

– No es exactamente información secreta, señor Scudder.

– Debe pagar bien.



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