Cogió el dólar y lo volvió a hacer girar.

Le conocí durante los años que estaba yo en la policía. Le habían llevado a comisaría quizás una docena de veces, siempre por cosas menores, pero nunca había pasado tiempo en la cárcel. Siempre encontraba forma de pagar su libertad, o con dinero o con información. Me dio información sobre uno que recibía artículos robados y en otra ocasión nos dio información sobre un caso de homicidio. Entre tanto, hacía de confidente intercambiando algo que había oído por billetes de diez o veinte dólares. Era pequeño y poco impresionante y sabía lo que había que hacer, y mucha gente era lo suficientemente estúpida para hablar en su presencia.

– Matt -dijo-, no entré aquí por casualidad.

– Tenía esa sensación.

– Ya.

La moneda empezó a tambalearse y la atrapó. Tenía las manos rapidísimas. Siempre imaginábamos que había sido carterista, pero no creo que le cogieran por eso nunca.

– Lo que pasa es que tengo problemas.

– Van con las úlceras también.

– Joder, que sí. -Otra vuelta a la moneda-. Lo que sucede es que tengo algo para que me guardes.

– ¿Sí?

Sorbió un poco de leche. Puso el vaso en la mesa y empezó a tamborilear con los dedos en el maletín.

– Tengo aquí un sobre. Lo que quiero es que me lo guardes. Ponerlo en algún lugar seguro donde nadie lo vaya a encontrar, ¿sabes?

– ¿Qué hay en el sobre?

Movió la cabeza impacientemente.

– Una parte del trato es que no tienes por qué saber lo que hay dentro del sobre.

– ¿Durante cuánto tiempo lo tengo que guardar?

– Pues ésa es la cuestión. -Otra vuelta a la moneda-. Verás, le pueden pasar muchas cosas a una persona. Podría salir de aquí, bajar la acera y que me pillara un autobús en la Novena Avenida. Todas las cosas que le pueden ocurrir a una persona, quiero decir, nunca sabes.



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