
– Algo así.
– Sí, lo abandonaste. No soy muy bueno para los detalles. Mataste a un crío o algo, ¿verdad?
– Sí. Gajes del oficio. Una bala loca.
– ¿Mucha lata de arriba?
Miré el café y pensé en ello. Una noche de verano, el calor casi visible en el aire, el aire acondicionado haciendo horas extras en el Spectacle, un bar donde un poli siempre está invitado a sus copas. Yo estaba fuera de servicio, aunque nunca lo estás, y dos críos eligieron esa noche para atracar el sitio. Al salir dispararon y mataron al camarero. Yo los seguí a la calle, maté a uno e hice astillas el hueso del muslo del otro.
Pero apunté mal y una bala rebotó al ojo de una niña de siete años llamada Estrellita Rivera. Justo en el ojo, atravesando tejido blando y al cerebro.
– Metí la pata -dijo Giros-. No debí hablar de eso.
– No, está bien. No me metieron en ningún lío. De hecho me encomiaron. Hubo una vista y me exculparon totalmente.
– Entonces dejaste la policía.
– Bueno, perdí el gusto por el trabajo. Y para otras cosas. Una casa en The Island. Una esposa. Mis hijos.
– Supongo que eso ocurre -dijo.
– Supongo que sí.
– Así que, ¿qué haces? ¿Eres una especie de detective privado, eh?
– No tengo licencia -dije, encogiéndome de hombros-. A veces hago favores a gente y me lo pagan.
– Pues volviendo al asunto nuestro… -Otra vuelta a la moneda-. Me estarías haciendo un favor.
– Si tú lo crees.
Cogió el dólar mientras giraba, lo miró, lo puso encima del mantel de cuadros azules y blancos.
– No quieres que te maten, Giros -dije.
– No, joder.
– ¿No puedes escapar?
– Quizás. Quizás no. No hablemos de ese capítulo, ¿quieres?
– Lo que tú digas.
– Porque si alguien te quiere matar, ¿qué cojones puedes hacer? Nada.
– A lo mejor tienes razón.
