
– ¿Te ocupas de esto, Matt?
– Yo te cuidaré el sobre. No digo lo que haré si tengo que abrirlo, porque no sé lo que hay dentro.
– Si eso ocurre, entonces lo sabrás.
– Sin garantías de que lo haré, lo que sea.
Me echó una mirada muy larga, leyendo algo en mi cara que yo no sabía que estaba.
– Lo harás -dijo.
– Quizás.
– Lo harás. Y si no, no lo sabré, así que qué cojones. Escucha, ¿qué quieres de anticipo?
– No sé lo que se supone que tengo que hacer.
– Quiero decir por guardar el sobre. ¿Cuánto quieres?
Nunca sé cuánto cobrar. Pensé durante un momento.
– Me gusta el traje que llevas -dije.
– ¡Ah! Gracias.
– ¿Dónde lo compraste?
– En Phil Kronfeld's. Allá en Broadway.
– Sé dónde queda.
– ¿De verdad que te gusta?
– Te sienta bien. ¿Cuánto te costó?
– Tres veinte.
– Entonces eso es lo que cobro.
– ¿Quieres el puto traje?
– Quiero trescientos veinte dólares.
– ¡Ah! -Echó la cabeza para atrás, divertido-. Me tuviste perplejo un minuto. No entendía qué cojones querías con el traje.
– No creo que me sirva.
– Supongo que no. ¿Tres veinte? Sí, supongo que es una cifra tan buena como cualquier otra.
Sacó una cartera de piel de caimán y contó seis billetes de cincuenta y uno de veinte.
– Tres, dos…, ¡ah! -dijo-, si esto sigue mucho tiempo y quieres más, dame el toque. ¿De acuerdo?
– De acuerdo. Supongamos que tengo que ponerme en contacto contigo, Giros.
– ¡Nanai!
– ¡Vale!
– Quiero decir que no lo tendrás que hacer, y aunque quisiera darte una dirección no podría de todos modos.
– Vale.
Abrió su maletín y me pasó un sobre marrón de treinta por veintidós sellado en ambos lados con cinta adhesiva. Se lo cogí y lo puse en el banco al lado mío. Le dio una vuelta al dólar de plata, lo cogió, lo metió en su bolsillo y gesticuló a Trina para que le trajera la cuenta. Dejé que la cogiera él. La pagó y dejó una propina de dos dólares.
