
– ¿Qué es tan gracioso, Matt?
– Sólo que nunca te vi coger la cuenta antes. Y te he visto coger las propinas de otra gente.
– Pues, las cosas cambian.
– Supongo que sí.
– No lo hacía a menudo, coger las propinas de otra gente. Haces muchas cosas cuando tienes hambre.
– Claro.
Se puso de pie, vaciló, ofreció la mano. La cogí. Se dio la vuelta para marcharse y dije:
– ¿Giros?
– ¿Qué?
– Dijiste que el tipo de abogado que conoces abriría el sobre nada más marcharte tú de la oficina.
– Joder, que sí.
– ¿Cómo es que no crees que lo haré yo?
Me miró como si la pregunta fuera estúpida.
– Eres honesto -dijo.
– ¡Cojones! Tú sabes que me dejaba sobornar. Te dejé pagar para escapar de un par de líos, joder.
– Sí, pero conmigo siempre eras honesto. No vas a abrir ese sobre hasta que lo tengas que hacer.
Sabía que tenía razón. Sólo que no sabía cómo lo sabía él.
– Cuídate -dije.
– Sí, tú también.
– Ten cuidado al cruzar la calle.
– ¿Qué?
– Controla los autobuses.
Se rió un poco, pero no creo que lo encontrara gracioso.
Más tarde, aquel día, paré en una iglesia y metí treinta y dos dólares en la caja de limosnas. Me senté en un banco en la parte de atrás y pensé en el Giros. Me había dado dinero fácil. Todo lo que tenía que hacer para ganarlo era no hacer nada en absoluto.
En mi habitación enrollé la alfombra y puse el sobre de Giros debajo, colocándolo bajo la cama. La asistenta pasa la aspiradora de vez en cuando, pero nunca mueve los muebles. Volví a colocar la alfombra en su sitio y rápidamente me olvidé del sobre, y todos los viernes una llamada telefónica o un mensaje me aseguraba que Giros seguía vivo y que el sobre podía quedarse donde estaba.
